Serge Gay Jr. bebe de su origen haitiano y su vida en la norteamérica de los mass media para ejemplificar las tensiones que se derivan de nuestro consumo masivo de experiencias pop.
¿Hay algo psicológicamente insano en el hecho de ser un fan obsesivo de la cultura pop? Sin duda, hay quien piensa que sí. Hasta el punto de llegar a relacionar ese consumo con el crimen. También con los mecanismos de control social. Desde los años 40, la “cultura de los media”, íntimamente conectada con la publicidad, a menudo ha sido considerada como un sistema interesado en la manipulación de la masa social; una herramienta en manos del capital que tendría entre sus finesalienar al público receptor. Y algo de eso hay. Pero frente a esa idea de la cultura como producto de los medios, los estudios culturales vienen poniendo el énfasis en la recepción de estos contenidos, refiriéndose a la “cultura de masas” como un término que permite a la base social expresarse a través de sus conductas ante el consumo.
Esa tensión entre las imágenes que recibimos a través del bombardeo constante de los medios y la cultura popular que nace a pie de calle parece recorrer la obra de Serge Gay Jr.
Nacido en Haiti pero crecido en Estados Unidos, Gay aparece obsesionado con el imaginario de la cultura pop norteamericana. Su estilo se dice influido por los periplos que le han llevado a cruzar los USA de costa a costa. Pero en su obra también se deja sentir la influencia cultural de su país de origen. Ese abanico tenso de referencias le hace saltar del retrato político o la estampa con tonos de realismo social a las visiones alucinadas de un mundo pop protagonizado por ídolos como The Beatles o Beyoncé.
En sus pinturas, el genio de la lámpara vive en una lata de Coca-Cola, y no es tanto un genio como una nube desordenada de espíritus cansados que evocan estados de demencia, excesos y adicciones. Sus obras nos hablan de la vida en moteles de carretera, de botellas siempre medio vacías, televisiones y pistolas. Es un mundo plagado de peces y bares, alcohol y tatuajes, gafas de sol y neones, Godzilas y tsunamis. Rihanna y Grace Jones conviven con Obama y Daft Punk, con alusiones a la cultura afroamericana, con el De Niro de Taxi Driver y homenajes indisimulados aThe Life Aquatic with Steve Zissou, Pulp Fiction y Reservoir Dogs.
Y en medio de todo eso, cuando menos lo esperas, aflora una preocupación social que se encarna en retratos de un Detroit abandonado que renace en forma de vergel gracias al esfuerzo comunitario, escenas que parecen recordar a las inundaciones de Nueva Orleans tras el paso del Katrina, o estampas que remiten a la vida pobre en su Haití natal.
La contraposición de esas dos dimensiones -los brillos de la cultura pop por un lado, la vida dura a pie de calle de la gente modesta por otro- genera una sensación extraña, que no es agradable. Sensación que nos lleva a pensar sobre si el consumo excesivo de cultura pop, como el de cualquier otra sustancia, puede resultar nocivo, en tanto que nos aleja deotras realidades.
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