El enigmático YDK Morimoe explora la emocionalidad más taciturna de la etapa adolescente en una serie de pinturas digitales marcadas por la introversión.
La adolescencia es confusión y pasión voluble. Es vivir encerrado en una galería de espejos, tener que aprender a convivir con la imagen de ese extraño con el que compartes cuerpo. La cabeza flota cada día entre polvo de estrellas, la carne palpita entre picores, los pies buscan la manera de avanzar más de diez pasos sin mirar al suelo, pero siempre encontramos excusas para tropezar con algo nuevo.
Crecer a esa edad es ser domador de uno mismo. Las relaciones sociales claro que importan, nos desvivimos por coleccionar experiencias, buscamos la complicidad y la risa del otro, pero a la larga nada resulta más valioso que aquellas situaciones íntimas que nos enseñan a estar solos. O a sabernos solos.
YDK Morimoe, artista también conocido como 非 (Hi), parece saber bastante de todo esto. Su identidad es un pequeño misterio. Y en su caso no parece tratarse de un juego. “No me gusto mucho a mí mismo, así que no quiero revelar mi identidad y dejar que la gente sepa quién soy”, respondía hace algún tiempo en una de las pocas veces, si no la única, que se ha prestado a hablar de sí mismo. Sabemos que reside en Tokio, que está al final de la veintena, pero no se conoce ni su nombre real ni su sexo. Lo que sí está claro es su preferencia de género a la hora de materializar su arte. “No siento ninguna atracción o historia hacia las mujeres. Las mujeres son bonitas, y su existencia es feliz en sí misma. Pero los hombres son solitarios”.
La gente detesta ver una cabeza vieja sobre unos hombros jóvenes. La gente vulgar odia a la gente distante que guarda silencio, desconfía de quien prefiere pasar las horas en compañía de uno mismo, con la mirada vuelta hacia adentro. Pero esos momentos de introversión son decisivos. Eso es lo que Morimoe retrata.
Su mundo está lleno de hombres jóvenes, de una belleza pálida y andrógina, enfermiza. Son muchachos de alma herida, que casi siempre se muestran ensimismados, perdidos en sus propios pensamientos.
Morimoe imprime a sus obras un sello muy personal valiéndose de una particular combinación de fotografía y dibujo digital, que funde realidad y dimensión psíquica. El resultado es una obra que late de una forma extraña, cargada de una emocionalidad taciturna que traspasa la pantalla.
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