La fotógrafa rusa Irina Popova retrata la vida de un matrimonio de adictos de San Petersburgo y su hija de dos años en su serie 'Another Family'.
La historia negra del caballo en nuestro país nos ha acostumbrado a pensar en las madres como las grandes víctimas secundarias de la lacra de las drogas (las duras). Ahí están relatos como el recogido en “Para que no me olvides” (Editorial Popular, 2013), crónica desde las entrañas de cuatro décadas de lucha por parte de un colectivo, el de Madres Unidas Contra la Droga, que siempre vio el azote de la heroína en España como un problema de Estado, imposible de disociar del panorama sociopolítico que siguió a los primeros años de la Transición. Aún hoy esa es la imagen que tenemos grabada en la cabeza: el adicto como persona joven, varón en la mayoría de los casos, y la madre como figura madura y sufridora. ¿Pero qué pasa cuando los roles cambian? ¿Qué sucede cuando el adicto joven es además padre o madre? Y no hablamos de que tu viejo te pueda robar unos porros de vez en cuando para fumárselos él, sino de adicciones serias, de crecer rodeado de yonquis; del hijo como víctima de la adición de sus padres, y no al revés.
Muy lejos de aquí, la fotógrafa rusa Irina Popova se dedicó hace unos años a reflejar esa experiencia en su serie “Another Family”.
Periodista y fotógrafa documental especializada en retrato social, Popova recibió el encargo de realizar un ensayo fotográfico que hablara de “sentimientos”. En uno de sus paseos por las calles de San Petersburgo, se topó con Lilya, una joven politoxicómana que paseaba a su niña de dos años. Había encontrado su tema.
La fotógrafa aceptó la invitación de pasar dos semanas conviviendo con Lilya, su novio Pasha (también adicto) y su hija Anfisa. Durante ese tiempo compartió con ellos las 24 horas del día, reflejando su desordenada y tumultuosa vida sin cortapisas, en toda su crudeza. El amor y el abandono de la mano. La intimidad y la locura tóxica conviviendo en un mismo cuarto.
El proyecto, merecedor de varios premios, no ha estado exento de críticas y controversia: desde que las fotos se hicieron públicas en la red, son muchas las voces que han clamado para que las autoridades aparten a Anfisa de sus padres, denunciando la pasividad de la fotógrafa y su supuesto aprovechamiento de la pareja de adictos. En un plano más general, la serie levanta cuestiones alrededor del papel que debe adoptar el fotógrafo en contextos como el que nos ocupa, en el que puede entenderse que se dieron situaciones de riesgo para la salud y la integridad física de Anfisa. ¿Ha de limitarse el fotógrafo a actuar como mero observador, documentando la realidad sin interferir nunca en ella, o existe una obligación moral de intervenir en las vidas que está retratando con el objeto de minimizar esos riesgos?
Pasha y otros amigos toxicómanos en plena euforia tóxica mostrando su agresividad antisocial.
La pequeña Anfisa juega con los cigarros de su madre mientras esta duerme.
Lilya pasea a Anfisa de noche por las calles de San Petersburgo a la vuelta de una fiesta.
Anfisa se asoma a una de las ventanas de la vivienda.
Pasha jugando con Anfisa.
Lilya, Pasha y Anfisa.
Los padres duermen después de una de sus fiestas en casa.
Anfisa observa a sus padres.
Anfisa chupa de su biberón mientras su madre intenta poner orden en la casa.
Lilya dando de comer a la niña.
Lilya y Pasha observan a Anfisa.
Lilya pide dinero a los camioneros con el argumento de que lo necesita para dar de comer a su hija.
Lilya y Pasha tras una discusión.
Lilya y Pasha.
Pasha visita la exposición fotográfica de la que son protagonistas.
Anfisa con otros niños en la guardería. Pasha se ocupa de ella junto a su nueva pareja después de que Lilya abandonara a la familia.
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