Hace más de una década Monica Cook empezó a pintar autorretratos. Se eligió a sí misma como modelo por convenciencia, y desde ahí exploró una técnica hiperrealista y provocadora que le ha granjeado fama internacional.
Monica utiliza sustancias para evocar emociones e ideas a través de la belleza y la repulsión que pueden transmitir sobre el cuerpo humano: los pulpos, la miel, los peces y las frutas son elementos recurrentes en su obra. Uno de los puntos característicos de sus cuadros es la textura, la viscosidad y las sensaciones vitales que provoca la suciedad sobre el cuerpo. Como si todas esas texturas sobre el cuerpo de Monica nos hicieran salivar primero, para luego darnos sensación de libertad.
A medida que pasa el tiempo, la obra de Cook se vuelve más transgresora (se muestra a sí misma repetida, joven, esquelética, obesa o envejecida en un mismo lienzo) y también más sexual. Cook ha conseguido evolucionar en la perspectiva y romper cualquier tipo de serialidad y semejanzas. Más que autorretratos, la artista considera que sus pinturas son obras autobiográficas.
Nacida en Dalton, Georgia, Cook se trasladó a Savannah para realizar una licenciatura en la Universidad de Arte y Diseño. Tras su graduación, en 1996, completó sus estudios en la Universidad de Artes Visuales en Nueva York, donde actualmente reside y trabaja.
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